“¿Qué palabra tenemos para referirnos a una persona ‘soltera’ de amigos?”, se preguntaba Marina Garcés en el prólogo de ‘La pasión de los extraños’. Acto seguido, se respondía que no la hay. Lo que queda, nos viene a decir, es una “soledad sin épica y sin nombre, que bascula entre la lástima y la sospecha”.
Una fiesta, vaya.
De hecho, eso le preocupa. En una entrevista un poco después de la publicación del libro explicaba que quien solo huye de la soledad “no tendrá buenos amigos ni será un buen amigo”, porque acabará siendo “adicto y dependiente de la aceptación social”. En el fondo, ese es el corazón de la alcachofa: ¿”cuánto más huimos de la soledad, más solos estamos”?
Hambre. Garcés no está sola en esto. Diecisiete años antes, el neurocientífico John Cacioppo, de la Universidad de Chicago, presentaba un libro sobre la soledad con una comparación simple pero efectiva: “las personas solas sienten hambre”. Según su teoría evolutiva, igual que el hambre avisa de que faltan nutrientes y el dolor de que algo va mal con nuestro cuerpo, la soledad avisa de que el vínculo con el grupo está roto o en peligro.
Es decir, para Cacioppo, la soledad es una señal y su función evolutiva es empujar a reparar ese vínculo.
Sin embargo, (estirando la metáfora hasta el borde de lo inverosímil) la solución no estaría en comer, sino en cocinar para otros y disfrutar de la comida con ellos. Eliminando lo alimenticio, se trata de la misma idea que baraja la filósofa española.
La pescadilla que se muerde la cola. La distinción básica de Cacioppo es que mientras el aislamiento se mide en contacto; la soledad es la percepción de que las relaciones no cubren lo que uno necesita. De esta forma y aunque parezca extraído de un poema de Instagram, uno puede estar solo en mitad de un montón de gente.
El asunto es que la percepción de soledad puede activar el modo defensa: quien se siente aislado vigila más las amenazas sociales (quiera o no). Esa vigilancia sesga lo que ve, hace que atienda más a los gestos de rechazo, interpreta peor las situaciones ambiguas y recuerda mejor lo negativo. Inicia un circuito negativo de retroalimentación.
Esta factura no es solo emocional. Es verdad que la parte psicológica es siempre la más llamativa, peor no es la única. Una revisión de 2010 la asocia con peor sueño, más estrés y una mayor morbilidad y mortalidad. La OMS estimó en junio de 2025 que la soledad se asocia a unas 871.000 muertes al año en todo el mundo. Eso son unas cien cada hora.
Las ideas de Garcés (y, tras ella, las de la psicología contemporánea) son una invitación a no pagar esa factura: a dar a los demás y, sobre todo, a no tener miedo a la soledad. Todo lo demás, se da por añadidura.
Imagen | Miquel Taverna – CCCB (modificada)

