Servicios hospitales en RD siguen precarios

Por la Redacción.- Ramón Benito Suárez / Editor 

La crónica diaria sobre el estado de los hospitales del Sistema Nacional de Salud (SNS) en la República Dominicana sigue pintando un panorama sombrío, digno de un relato donde la realidad supera a la ficción más cruda. 

Cada jornada emerge una nueva noticia funesta que saca a la luz las profundas deficiencias en la gestión y operación de las instalaciones estatales, áreas críticas que se encuentran, al menos en teoría, bajo la supervisión del doctor Mario Lama.

Las historias que se filtran desde el interior de estos centros sanitarios son preocupantes y multifacéticas. Se habla con frecuencia de negligencia médica, de protocolos que parecen diluirse en la burocracia o en la falta de recursos, y de un comportamiento que, en ocasiones, roza lo inhumano por parte de galenos y especialistas.

Estas narrativas dejan una amarga impresión, especialmente en un gobierno que prometió ser sinónimo de eficiencia y modernidad para la administración pública.

La crítica se agudiza al observar que las inauguraciones de modernos edificios, si bien son un signo de inversión, no son suficientes para garantizar un servicio de salud de calidad. 

Los aplausos por nuevas estructuras se desvanecen ante la persistente falta de un interés genuino, de un sentido común coherente en la planificación y ejecución, y sobre todo, de la empatía necesaria hacia los pacientes. 

La salud pública, más que ladrillos y cemento, requiere vocación de servicio y una gestión transparente e incansable.

Es inquietante ver cómo los titulares en cada “periódico” parecen amplificar el mismo descontento: hospitales abarrotados, falta de insumos básicos, personal desbordado y casos de mala praxis que generan indignación. 

Se esperaría que la supervisión recayera en profesionales capaces de transformar esta realidad, pero los hechos sugieren una desconexión alarmante entre las promesas y los resultados palpables. 

El sistema de salud pública merece una evaluación seria, alejada de la parafernalia visual que a veces recuerda más a la puesta en escena de una película que a los esfuerzos reales por sanar y cuidar a la ciudadanía. 

La eficacia y la humanidad deben ser los verdaderos protagonistas de esta historia.

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