Europa lleva años acercando su artillería a las puertas de Rusia. Acaba de descubrir un error histórico: se dejó el combustible en la Guerra Fría

El viejo continente ha estado reforzando sus ejércitos y desplazando tropas y armamento hacia las fronteras de Rusia durante mucho tiempo. Sin embargo, la OTAN se enfrenta a un problema que podría comprometer sus operaciones incluso antes de que comenzara una eventual guerra: el combustible. La Alianza dispone de una gigantesca red de 10.000 kilómetros de oleoductos construida para enfrentarse a la Unión Soviética. El problema es que buena parte de esa infraestructura sigue anclada en el mapa de la Guerra Fría. 

Ahora necesita llevarla 1.000 kilómetros hacia el este. Y podría llevar 25 años.

Una red gigantesca para otra guerra. Durante la Guerra Fría, la OTAN construyó un sistema subterráneo de oleoductos para garantizar el abastecimiento de sus fuerzas ante un posible enfrentamiento con la Unión Soviética. La infraestructura continúa funcionando: atraviesa 12 países, conecta bases militares, puertos y refinerías, y dispone de instalaciones capaces de almacenar 4,1 millones de metros cúbicos de combustible. 

Su principal componente, el sistema centroeuropeo CEPS, se extiende por Francia, Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos y Alemania. En tiempos de paz también suministra queroseno a grandes aeropuertos civiles como Fráncfort y Ámsterdam-Schiphol, pero en caso de guerra las necesidades militares tendrían prioridad.

La OTAN movió sus fronteras, no las tuberías. Tras la desaparición de la Unión Soviética, la Alianza se amplió progresivamente hacia Europa oriental, incorporando países como Polonia, los Estados bálticos y, más recientemente, Finlandia. Sin embargo, su principal infraestructura de distribución de combustible no acompañó ese desplazamiento estratégico y continúa concentrada en Europa occidental. 

Durante décadas, los aliados redujeron sus capacidades logísticas permanentes y apostaron por sistemas móviles para operaciones expedicionarias. El resultado es una contradicción: la OTAN ha reforzado su presencia militar en las regiones más próximas a Rusia, pero todavía carece de una red equivalente para abastecerlas directamente.

Un atasco de combustible. El problema no consiste en que los ejércitos orientales carezcan actualmente de suministros, sino en las cantidades extraordinarias que exigiría un conflicto de alta intensidad. Según un estudio del Centro de Estudios Orientales de Polonia, la aviación podría representar hasta el 85% del consumo militar de combustible, mientras que una sola brigada blindada en operaciones necesitaría más de 300.000 litros diarios.

El traslado masivo de tropas estadounidenses y europeas hacia el frente podría desbordar la capacidad logística existente incluso antes de que comenzaran las hostilidades. Transportar semejantes volúmenes mediante camiones cisterna y ferrocarriles saturaría unas rutas que también serían imprescindibles para desplazar soldados, vehículos y municiones.

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Una factura millonaria y 25 años de obra. Hace unos meses, el teniente general Kai Rohrschneider, responsable del mando logístico de la OTAN, advertía en una entrevista a Reuters que transportar combustible en grandes cantidades constituye posiblemente uno de los mayores desafíos de abastecimiento de la Alianza. 

Entre las prioridades figura extender la red hacia Polonia y desarrollar soluciones para los países bálticos, Finlandia y Rumanía. Polonia ya ha firmado un acuerdo preliminar para construir unos 300 kilómetros de conducciones que la conecten con el sistema existente, una inversión estimada en 5.500 millones de dólares. El proyecto más amplio de expansión hacia Europa oriental fue valorado en unos 21.000 millones de euros por el centro polaco OSW, que calculó que su ejecución podría prolongarse entre 20 y 25 años.

La necesidad de una retaguardia. Construir nuevos oleoductos no resolverá por sí solo el problema. La OTAN también necesita depósitos protegidos y distribuidos estratégicamente, instalaciones móviles y rutas alternativas capaces de mantener el suministro si alguna infraestructura resulta dañada. Una de las propuestas contempla conectar Rumanía y Bulgaria con la red griega, mientras que en los países bálticos podrían combinarse otros medios de transporte con nuevas instalaciones de almacenamiento. 

El desafío incluye, además, financiar y mantener esas infraestructuras durante la paz, cuando su utilización militar es mucho menor. Por eso, los aliados estudian aprovechar también la demanda de la aviación comercial, siguiendo el modelo que ya permite sostener económicamente buena parte de la red occidental.

Una lección conocida desde 1944. Durante la Segunda Guerra Mundial, el rápido avance de las fuerzas aliadas tras el desembarco de Normandía terminó chocando con un obstáculo inesperado: sus líneas de suministro no podían seguir el ritmo de los carros de combate. Estados Unidos organizó entonces el Red Ball Express, una gigantesca operación de transporte por carretera que movilizó miles de camiones para llevar combustible y otros suministros hasta el frente. 

Más de ocho décadas después, el problema estratégico sigue siendo esencialmente el mismo. La OTAN puede desplegar armamento cada vez más sofisticado junto a las fronteras rusas, pero su capacidad para mantenerlo operativo dependerá de una infraestructura mucho menos espectacular: las tuberías, los depósitos y los vehículos que consigan llevarle combustible.

Imagen | Frank K., NARA

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