Era, más que la Rosalía de la época, algo así como una Jennifer López en su apogeo sumando el capital de Lady Gaga. El rey Alfonso XIII la admiraba en público, algo un tanto arriesgado sabiendo que la Iglesia y media España bienpensante consideraban la copla poco más que un espectáculo de taberna con vestuario. Ganaba más que Carlos Gardel, el ídolo del tango del que en Buenos Aires todavía se dice aquello de “cada día canta mejor”. Y Charles Chaplin, el hombre más fotografiado del planeta, le rogó un papel. Ella lo rechazó. Dos veces.
Pero, ¿quién era realmente esta señora?
De costurera a reina del cuplé. Francisca Marqués López en Tarazona (Zaragoza) en 1888, hija de familia humilde a la cual mandan a Francia a vivir con una tía, a ver si tiene mejor suerte. Paca vive y aprende pero pocos años después vuelve a Barcelona, al Pueblo Seco, donde cose para vivir hasta que la cantante Marta Oliver le descubre la voz y la mete en el negocio. Ahí coincide con La Chelito, cubana que acabaría siendo empresaria teatral, y con La Fornarina, hija de lavandera y guardia civil, sacada de la prostitución por un pintor enamorado. Entre las tres inventan las “reinas del cuplé”.
A guantazos. Se dice que Paca no era precisamente una diva de manual. Más bien una diva con derecho de admisión: en 1912, el propio Teatro Arnau la denuncia por incumplimiento de contrato. En 1913 la condenan por cruzarle la cara a otra cupletista en el Teatro Gayarre y hacerle añicos las partituras. El golpe más recordado llegaría en 1915, en el Teatro Romea de Madrid, cuando abofetea a Encarnación López “La Argentinita” por el pecado de imitarla en escena. Se dice que el genio le venía de su padre, si bien ella nunca llegó a matar a nadie.
Y una espía de por medio. En 1919 se casa con el escritor y diplomático guatemalteco Enrique Gómez Carrillo. Dura cuatro años, lo justo para que el cotilleo internacional se relamiese: antes de la boda, Gómez Carrillo había mostrado interés por otra mujer bastante más peligrosa que cualquier rival de cuplé, Mata Hari, la espía que Francia fusiló en 1917. La exótica femme fatale neerlandesa que vivió mil vidas ya le contó algunos secretos. Y Meller, sin saberlo, se casó con el ex de la mujer más buscada de Europa.
De Barcelona a Hollywood. “Fue durante quince años nuestra artista más cotizada en este medio”, resume el biógrafo Javier Barreiro. Por aquel entonces viajaba en tren privado y le reservaban prendas de lujo en las peleterías de cada ciudad que visitaba. Su primer filme, ‘Los arlequines de seda y oro’ (1919), triunfó tanto que se estrenó fuera con otro título, ‘La gitana blanca’, y tuvo miles de pases. Se instaló en París para rodar ‘Violetas imperiales’ (la de 1924, no la de Carmen Sevilla) y ‘Carmen’ (1926). Después pasó una temporada en Hollywood haciendo cortos musicales, la antesala de lo que hoy sería un TikTok con orquesta, pero con muchos patrocinios.

‘Raquel Meller’, pintado por Joaquín Sorolla en 1918
Los cinco pekineses. Su gira estadounidense de 1926 supone tal fenómeno que, al desembarcar, la prensa se la lleva a la revista Time. El 26 de abril de 1926, ya como Raquel Meller, protagoniza la portada de un club tan exclusivo que ninguna de nuestras divas pop ha siquiera rozado. Rosalía ha estado cerca de la revista Time, pero nunca en portada: entró en 2019 en su ranking de 100 personajes influyentes, honores enormes aunque de otra liga.
Sigamos: llega a Nueva York en el trasatlántico SS Leviathan intentando reservar un camarote de lujo para sus cinco perros pekineses; la naviera se negó, prueba de que ni siquiera el dinero de una estrella mundial compra tanta perrería. Aun así, hizo 6 ciudades y dieciséis conciertos solo en Manhattan, con un puñado de llenos absolutos. A partir de aquí empezó a viajar con tres criadas, ocho perros y cuarenta y dos baúles: casi un vagón para ella sola.
El negocio Raquel Meller. En su apogeo prestó su nombre a muñecas, perfumes y anuncios, y se convirtió en una de las mujeres más ricas del mundo. El 21 de enero de 1927, su imagen y voz se proyectaron en el Sam H. Harris Theatre de Nueva York usando el Fox Movietone, uno de los primerísimos ensayos públicos de cine sonoro de la historia. Exacto: ella era viral antes del concepto viral.
Dos veces no. Chaplin buscaba una actriz con carácter. Primero le ofreció hacer de Josefina de Beauharnais en la biografía de Napoleón que planeaba rodar. Meller no encontraba hueco en la agenda. Años después insistió con el papel de la florista ciega de ‘Luces de la ciudad’. Pero Meller esta vez está montando una obra que el dramaturgo Maurice Rostand escribió a su medida, con la que sueña por fin con ser tomada en serio como actriz de teatro respetable.
Chaplin fichó a Virginia Cherrill y se quedó con la melodía de ‘La Violetera’ como tema central para la película. Y encima se atribuyó la autoría. Es como si el artista más grande del mundo tomara un estribillo prestado porque no consigue que le prestes la voz. José Padilla, el compositor real, lo demandó.
La lista de rendidos. A pues pies cayeron, además de Chaplin, el pintor Julio Romero de Torres, para quien posó, el incontestable Galdós, la coreógrafa Isadora Duncan, el mítico bailarín y actor Rudolph Valentino y al mismísimo Cecil B. DeMille. Joaquín Sorolla la retrató en “La Bella Raquel”, cuadro que Bonhams subastó en Londres por 210.000 libras. Seis décadas después, su rostro cotiza más que algunas carreras en activo.
Un final sin orquesta ni focos. José Luis Rubio, comisario de la exposición de la Biblioteca Nacional ‘El mito trágico de Raquel Meller’, la compara sin pestañear con María Callas, Edith Piaf o Frank Sinatra. Pero el mismo Rubio recuerda el reverso de la moneda: tras el exilio por la Guerra Civil, sus últimos años en Barcelona transcurrieron entre la soledad y el olvido. Su imagen final se manchó haciéndola encajar en un relato de precariedad y se la veía alimentando gatos callejeros y vistiendo de forma mucho más humilde.
Un documental la devolvió al recuerdo: la aragonesa Vicky Calavia dirigió ‘Insumisa y Divina. Raquel Meller’, junto al citado biógrafo Javier Barreiro: “Meller logró convertirse, de la nada, en la artista española de mayor éxito internacional hasta la fecha”. Solo Sara Montiel, quien literalmente se puso en su piel bajo otro nombre en ‘La reina del Chantecler’ (1962), se le acercó en influencia y éxito. Una ironía final: Sara Montiel también interpretó a su archienemiga la Fornarina en ‘El último cuplé’ (1957).
Imágenes | Portada de Time (Will Rogers) y retrato publicado en el Berliner Illustrierte Zeitung (BIZ) número 36/1926.

