Cuando la casa de Karen Girard sobrevivió a los incendios que arrasaron comunidades enteras alrededor de Los Ángeles en enero, ella pensó que había tenido mucha suerte. Pero poco después la alegría se convirtió en tristeza.
Nueve meses después de la tragedia, Girard no ha podido volver a habitar su hogar en Altadena, un barrio de clase media en el oeste de Estados Unidos.
Metales pesados, como plomo, arsénico y zinc así como sustancias volátiles tóxicas, incluso cancerígenas, como cianuro y furfural, contaminan su casa y la obligan a protegerse con una máscara cada vez que entra.
“Cuando vi que la casa seguía en pie dos días después (del incendio), estaba tan feliz”, recordó Girard en entrevista con AFP.
“Pensé que debía ir a comprar la lotería porque nunca tendría tanta suerte de nuevo”.
Salvo que una serie de análisis revelaron la presencia de componentes tóxicos en las paredes, los muebles y hasta el piso.
“Entendí que aunque la casa seguía en pie, podría haberla perdido”, lamentó la diseñadora de 58 años. “¿Cómo era esto posible?”.
Girard es asmática y padece crisis respiratorias si permanece dentro de su casa mucho tiempo, al punto que su médico le cambió su tratamiento.
Los incendios de Los Ángeles dejaron 31 muertos y carbonizaron más de 16,000 edificaciones en Altadena y el lujoso Pacific Palisades, un enclave próximo a la costa del sur de California.
Incendios que arrasaron comunidades enteras alrededor de Los Ángeles en enero del 2025 (AFP)
– Consecuencia invisible –
La combustión de edificios, vehículos, aparatos electrónicos y plásticos dejó enormes índices de contaminación, una consecuencia invisible que impacta a sobrevivientes como Girard.
Con ráfagas de viento de hasta 160 km/h, la nube tóxica se infiltró por las rendijas y a través de los conductos de ventilación.
Michael Jerrett, profesor de ciencias ambientales de la Universidad de California (UCLA) explica que estos incendios tenían mayor potencial tóxico debido a la mezcla que emanó de ellos.

